LA CRUELDAD EN “EL QUIJOTE”

A una cierta edad, la lectura de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” nos regala un inmenso placer anímico y estético, que sin duda se intensifica cada vez que lo releemos. Parece increíble que entre los que no lo han leído se haya afianzado la absurda idea de que “El Quijote” es árido y hasta soporífero, cuando en realidad se trata de una de las obras más entretenidas y apasionantes de la literatura universal.

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Soy de los que leen el Quijote cíclicamente (un hábito más extendido de lo que os pueda parecer). Pues bien, la primera ocasión en que lo hice, me recreé de tal forma en el magistral uso que en esta novela se hacía de la lengua castellana, que apenas me permitió reparar en otra suerte de bondades. Claro que a la sazón me encontraba enfrascado en la construcción de mi primera novela, por cuya ardua labor no había nuevo conocimiento lingüístico que en mi insaciable intelecto no tuviera su asiento.

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Tras la segunda lectura, o más bien durante la misma, llamó mi atención el esplendor de los diálogos en los que interviene don Quijote: profundos unos, irónicos y mordaces otros, ocurrentes e ilustrados los más.

La siguiente leída fue la más sorprendente pues, liberado en buena parte de ese respeto o miedo reverencial que la egregia obra sin duda infunde en los lectores noveles, advertí que no poco pasajes resultaban asaz divertidos, hasta el punto de arrancarme abundantes risas y aun carcajadas. No olvidemos que esta obra fue concebida por Cervantes como una novela de humor stricto sensu.

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En contra de todo pronóstico, un sentimiento profundo de rabia e indignación fue creciendo en mi seno a lo largo de la cuarta leyenda. Y es que me percaté de que todos los actores que se cruzan en el camino de don Quijote no encuentran otra forma de entretenerse que maltratarlo, gastarle bromas pesadas y burlarse de él, a excepción de don Diego de Miranda, que es el único que lo trata verdaderamente con respeto y bondad. Así, pongamos por caso a Maritornes, la prostituta de la venta, un torbellino de maldad imparable que en un momento dado deja al Quijote colgado de la muñeca ventana abajo, con los pies rozando el lomo de Rocinante. Obviamente, mientras más hacía por estirarse, en una vana ilusión de poder apoyar las suelas de sus zapatos, mayor era el dolor infligido, lo que forzosamente recuerda al tormento de la Garrucha, por medio del cual los reos eran igualmente suspendidos a ras del suelo.

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Claro que los que se llevan la palma de la maldad son los duques, un matrimonio adinerado y retorcido a más no poder que no repara en gastos ni esfuerzos para martirizar a nuestro noble manchego —cuyo único pecado, recuérdese, es haber perdido la razón—, y gastarle las más refinadas y rocambolescas bromas, hasta el punto de requerir para su materialización toda una escenificación teatral y la participación de numerosos criados y amigos.

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Quiero decir con esto que “El Quijote” es, sin duda, un libro genial, ocurrente, didáctico y todas las loas que se quieran añadir, pero a la vez es de una crueldad supina: crueldad no sólo por parte de los infinitos personajes que se cruzan con don Quijote, sino también del propio Cervantes, que se lo pasa en grande describiendo auténticas atrocidades, que sin duda en aquella época resultaban graciosas pero que hoy en día, al menos para el que suscribe esta recensión, son absolutamente deleznables. Ya Unamuno comparaba al Quijote con Jesucristo: era el hazmereir de los contemporáneos y lo tachaban de loco (la lectura de los profetas le había trastornado de tal modo que se creía el Mesías).

 

 

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